Perder el alma
Esta debía ser una entrada sobre la propuesta de la Comisión para el próximo MFP. Sobre los €200 mil millones puestos sobre la mesa para la acción exterior de la UE para los próximos 7 años y sobre las negociaciones, que pueden durar hasta 2027. Pero esta vez será de otra cosa.
Y es que, mientras preparaba este post, inevitablemente veía lo que ocurría en el mundo. Y el ruido que llevamos escuchando casi 3 años, ese con el que hemos aprendido ya a convivir, se volvió de pronto un estruendo ensordecedor. El rumor de la conciencia que nos recuerda, a quienes lo queremos escuchar, que el mundo puede ser un lugar cruel, se transformó en grito. Y de nuevo, se hizo imposible de soportar.
Hablo, cómo no, de Gaza.
Hablo de la muerte inminente de miles de personas a las que se les niega, no ya la dignidad, no ya la vivienda, no ya los derechos más básicos, sino también la comida. Incluso la comida.
Hablo de los miles de camiones listos para entrar en la Franja a los que se les niega la entrada. De la ironía de tener toneladas de comida a unos pocos kilómetros de gente que muere de hambre.
Hablo de los ataques diarios y las muertes en los puntos de distribución de la poca ayuda que consigue entrar, gestionada por una opaca ‘fundación’ que convierte el hambre en arma de guerra - otra vez.
Y hablo de cómo, pese a todo, Europa es incapaz de responder. De cómo la Unión Europea ha tenido un papel absolutamente lamentable y criminal en estos casi tres años de mal llamada ‘guerra’. De todos aquellos líderes que, por cobardía o por dejadez, han evitado alzar la voz siquiera mínimamente. Han mirado para otro lado. Han sido cómplices, cuando no colaboradores activos de lo que allí se está fraguando.
Y de cómo, en unos años, todos esos líderes dirán que siempre estuvieron en contra. Se preguntarán cómo ha podido pasar. Y evitarán a toda costa asumir siquiera una pizca de responsabilidad para seguir siendo capaces de mirarse cada día al espejo; capaces de dormir; capaces de vivir con la deshonra de quien ha podido hacer algo para evitarlo y no lo ha hecho.
Veía hace unos días un corte de una entrevista a Josep Borrell, ex-Alto Representante de la UE, en la que decía que Europa ha perdido el alma en Gaza. El entrevistador preguntaba, “¿qué más ha perdido Europa?”, a lo que Borrell respondía:
¿Le parece poco perder el alma?
Y quizás sí nos parece poco. O quizás es que da igual. Quizás, a estas alturas, perdido el respeto; perdida la legitimidad para hablar de derechos humanos, de derecho internacional o de soberanía; perdida la confianza en nosotros mismos y en los demás, el alma era ya lo último que nos quedaba por perder.
Veo y hablo de todo ello, y se me hace imposible hablar de nada más. Imposible ignorar el cinismo de una UE que se presenta como ‘socio fiable’ mientras quiebra la confianza del resto del mundo, quedándose callada ante el horror de un genocidio; de la doble moral al alzar la voz y pedir solidaridad con un país invadido en un caso mientras se pone activamente del lado del invasor en otro.
En estos días, mientras leía la regulación para el instrumento ‘Europa Global’, mientras analizaba las prioridades geográficas y analizaba la letra pequeña del texto, mientras ponía en relación la narrativa presentada en la propuesta específica para la acción exterior con la propuesta general para todo el presupuesto, me preguntaba: ¿cómo hablar de cooperación sin hablar de humanidad? ¿Y cómo hablar de humanidad sin hablar de alma?
O, puesto de una manera más práctica, más ‘terrenal’: ¿qué sentido tiene hablar de programación, de montos, de desarrollo sostenible, si se es completamente incapaz de detener una matanza por inanición?
Y sí, es cierto que lo urgente no debe hacernos perder de vista lo importante. Pensar en el largo plazo, ir más allá del día a día, planificar para caminar hacia el mundo que queremos ver en el futuro y no quedarnos solo en el presente - todo eso sigue siendo fundamental. Pero, ¿qué pasa cuando lo urgente anula lo importante?
¿Qué ocurre cuando, en la actuación (o mejor dicho, en su ausencia) ante la urgencia, naufragan todas las esperanzas, todas las ideas, todos los valores por los que seguimos peleando lo importante? ¿Qué ocurre cuando la actuación ante el hoy entra en contradicción tan flagrante con la planificación del mañana?
¿Qué ocurre, en definitiva, cuando perdemos el alma?
Lo cierto es que no tengo respuesta. Tampoco creo poder tenerla. Este debía ser un post sobre la propuesta de la Comisión sobre el próximo MFP; una entrada en el tono habitual de este blog, analítico, sereno, más o menos serio y con un intento de mirada a futuro…
Pero ha acabado siendo otra cosa. Un desahogo necesario. Un grito ahogado. Una manera de dejar salir la frustración y la rabia que provoca todo este sinsentido. Y la necesidad de saber que esa rabia, esa frustración, es compartida.
Esta vez no hay soluciones. No hay propuestas. Tan solo una queja, que es el primer paso de la acción, sea cual sea esta.
Como siempre, si has leído hasta aquí: gracias.
En lugar de suscribirte o compartir, solo te pido una cosa: no dejes de hablar de Gaza. No dejes de hablar de Palestina. No te olvides, no lo ignores. Frústrate, enfádate, indígnate.
Y actúa.

